sábado, 7 de abril de 2018

Una vida sin límites


Era un alivio cuando los niños se iban a la cama.
Ahora ya no tenía que pensar en nadie. Podía ser ella misma, existir por sí misma. Y de eso se sentía cada vez más necesitada últimamente: de pensar, de estar callada, de estar sola. Todo su ser y su quehacer, expansivos, rutilantes, alborotadores, se desvanecían, y se sentía con una especie de solemnidad, cómo se iba reduciendo a sí misma, a un núcleo de sombra que se insinuaba en forma de cuña, algo invisible para los demás.

Aunque siguiera sentada haciendo punto, en la misma postura erguida, ahora era cuando empezaba a sentirse a sí misma, y todo su ser, habiéndose soltado de sus ligaduras, era libre de emprender las más insospechadas aventuras. Cuando la vida se sumerge durante un lapso de tiempo, el campo de la experiencia parece no tener límites. Y sospechaba que a todo el mundo le pasaría lo mismo que a ella, todos deberían haber probado alguna vez esa sensación de que nuestros recursos son ilimitados, haber sentido que nuestra apariencia, aquellos elementos por los cuales la gente nos conoce, no son más que puerilidades. Debajo de ellos todo está oscuro, se extiende, es inescrutablemente profundo, pero de vez en cuando nos elevamos a la superficie, y eso es lo que ven los demás. Su horizonte no parecía tener límites. Allí estaba la libertad, allí estaba la paz, allí estaba - y era lo que más se agradecía de todo - una convocatoria conjunta, el descanso sobre una plataforma de estabilidad.

Al perder la personalidad, pierde uno la inquietud, la prisa, la agitación. Haciendo un alto en su trabajo miró hacia fuera en busca de aquel haz de luz que venía del Faro, aquella tercera ráfaga larga y uniforme, su ráfaga.

< < Es curioso - pensó - hasta qué punto cuando uno se funde con las cosas, con los objetos inanimados - árboles, riachuelos, flores -, y se siente uno expresado por ellos, parece que llegan a convertirse en tu propio ser, notas que te conocen como si, de alguna manera, fueran tú mismo, y sientes una ternura irracional hacia ellos (miró hacia la ráfaga de luz larga y uniforme) como hacia tu propia persona. >>

Fragmento de la genial Virginia Woolf del libro Al faro editado en castellano por Edhasa.


FS Coaching: Inspirar para Vivir